Cuando siento que mis pensamientos están fuera de foco, cierro los ojos y tomo unos momentos para recobrar el aliento. Con cada respiración profunda, mis pensamientos comienzan a aclararse.
Me sumerjo en el amor y la paz de Dios. A medida que mi mente se aquieta, pido guía y dirección, y siento que la niebla se disipa.
Con una mente y un corazón claros, estoy receptivo a la guía divina. Ya no me esfuerzo por encontrar las respuestas, sino que más bien permito que surjan en mí. Lo que necesito saber viene claramente a mi conciencia. La paz se establece y la sabiduría se revela. Sé que dirección tomar y la tomo . |