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General: La otra emigración cubana
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De: matilda  (Missatge original) Enviat: 04/01/2006 00:32

Carlos Muñiz Varela, Mártir de la Emigración

Por: Raúl Alzaga, cubano residente en Puerto Rico

El fantasma del terrorismo ha intentado detener el legítimo proceso de normalización de las relaciones entre Cuba y sus ciudadanos residentes en el exterior. Muchos debieron sortear  incomprensiones familiares, amenazas, agresiones e incluso algunos, perder la vida. Ante la  enfermiza oposición de grupos terroristas a los intercambios con el país que los vio nacer, se ha impuesto la mayoría.  Carlos Muñiz Varela fue asesinado por tender puentes entre cubanos. A 25 años de su muerte, Correo de Cuba quiere rendir homenaje a este pionero de la normalización de las relaciones entre la nación y la emigración. Nos honramos con un detallado testimonio de otro cubano que, desde Puerto Rico, compartió las aspiraciones de Carlos y continúa defendiéndolas.

Los inicios de Carlos

En 1961, a los ocho años de edad, Carlos Muñiz Varela, junto a su hermana, abandona Colón, Matanzas, su ciudad natal, porque  su madre decide enviarlo a Estados Unidos. La decisión es tomada por los falsos rumores de que el Gobierno Revolucionario despojaría a los padres de la patria potestad sobre sus hijos. Este rumor, que luego se conocería como “Operación Peter Pan”, dirigida por la CIA, provocó incertidumbre y caos en muchas familias cubanas. Transcurridos  unos meses en la Florida, Carlos se une a su madre y todos se trasladan a Puerto Rico.

  Durante dos años en la Universidad de Puerto Rico, Carlos formó parte activa de la Juventud Independentista Universitaria, encabezó las luchas obreras de ese recinto y apoyó activamente a los independentistas durante las elecciones de 1972. A fines de 1973 Carlos se vincula con jóvenes cubanos que  planificaban editar la revista Areíto y ocupa el cargo de coordinador de esa publicación en Puerto Rico. Estos jóvenes llaman a acercarse y conocer más a fondo el proceso revolucionario cubano desde una óptica diferente y a través de la revista  rompen con el discurso político dominante entre los emigrados cubanos.

El terror se organiza

  Para la fecha operaban en forma clandestina dentro del territorio norteamericano las organizaciones Omega 7, ejecutora de  innumerables atentados dinamiteros y asesinatos, y el CORU,  responsable entre otros horribles actos, de la voladura del avión de Cubana de Aviación  con 77 personas a bordo el 6 de octubre de 1976. Ese era el entorno que encontraba Carlos a la hora de organizar los viajes a Cuba.

  Los ataques a Carlos y a los futuros viajes a Cuba no se hacen esperar en la prensa. El semanario Réplica, de Puerto Rico en su edición del 19 de mayo de 1977, nos decía: “¡Qué asco dan estos jóvenes que desgraciadamente nacieron en Cuba y sus padres los llevaron al exilio!” La Crónica del 28 de septiembre de 1978, refiriéndose a la posible reunión de noviembre en La Habana, decía: “El tiempo les tiene reservado a estos cobardes su momento. Todo es cuestión de esperar y ver. No creo equivocarme al estimar que ellos pagarán por lo que han hecho.”

  En la edición del 14 de noviembre de 1978 aparece un encapuchado auto proclamándose Zeta, jefe militar del comando Omega 7, y declara: “No permitiremos que el diálogo avance. Dinamita: es el único idioma con el que vamos a dialogar.” El encapuchado, quien luego de muchos años de “paciente” investigación, y de acuerdo con  documentos desclasificados del FBI, ya ha sido identificado como Reynol Rodríguez, jefe del CORU en Puerto Rico, quien en la actualidad vive en Miami y es uno de los principales sospechosos del asesinato de Carlos. Recientemente se le ha visto en Panamá para apoyar al  terrorista internacional Luis Posada Carriles y a su pandilla.

Carlos protagonista

del proceso de diálogo

  En septiembre de 1977 Areíto designa a Carlos para que viaje a Cuba en función de periodista, para entrevistar al connotado contrarrevolucionario Reynol González. Esa entrevista tuvo amplia repercusión pública. Durante este viaje Carlos hizo coordinaciones, a nombre de la revista Areíto, para la llegada del primer contingente de la Brigada Antonio Maceo.

  Semanas antes del “Diálogo del Gobierno Cubano y personas representativas de la Comunidad Cubana en el Exterior”, celebrado el 20 y 21 de noviembre en La Habana, participé junto a otros cubanos en una reunión con la prensa y funcionarios de ese país en Kingston, Jamaica. Allí ofrecimos declaraciones sobre nuestras expectativas en torno al evento de noviembre, y ya se valoraba la posibilidad del inicio de viajes de cubanos residentes en el exterior a Cuba. En Jamaica se expuso la necesidad de una persona responsable para coordinar y organizar  los viajes de cubanos desde Puerto Rico a La Habana, vía Kingston.

  A sugerencia mía, Carlos, que se encontraba desempleado para ese momento, aceptó esa responsabilidad. A pesar de su juventud ya disponía de gran experiencia organizativa. Sabía cómo movilizar a la gente. Este reto era algo fácil para él. Lo único que no contempló él ni los que estábamos con él, es que esta actividad  humanitaria, legítima e inofensiva, le causaría su muerte. Realmente estábamos cuestionando la hegemonía de las organizaciones exiliadas que se atribuían lo que se podía hacer o no en las comunidades cubanas.

  El proceso denominado “Diálogo”, que además del reinicio de los viajes a Cuba contribuyó a la liberación de casi 3 mil 500 reclusos, fue  combatido en forma violenta por todas las organizaciones del exilio cubano. Ya nosotros dentro del contexto de la fundación de la revista Areíto y la Brigada Antonio Maceo habíamos sido víctimas de atentados terroristas, intimidación a través de los medios de comunicación del exilio, y no menos importante el ficheo y la vigilancia por parte de las agencias federales (FBI y CIA), en algunos casos bajo el pretexto de que nos protegían.

  El 21 de diciembre de 1978, luego de dos meses de preparación por nuestra Agencia Viajes Varadero, salió desde Puerto Rico a Cuba pasando por Miami y Kingston, un grupo de 85 cubanos residentes en Puerto Rico, cuyo único interés era ver a su familia.

  Ya la suerte estaba echada. Nuestra falta de experiencia no nos permitía visualizar lo que se aproximaba. Los eventos se sucedían atropelladamente. La seguridad autoatribuida por nuestra juventud no nos permitía pensar que nuestras vidas corrían peligro. Una confianza en el masivo apoyo recibido (tres mil cubanos viajaron en los primeros tres meses de una población estimada de 22 mil personas) nos hacía sentir autosuficientes.

El asesinato

  El 4 de enero explota la primera bomba en nuestra Agencia. Se pasaba de la amenaza y la intimidación a la violencia terrorista. Ese día salió para Cuba el segundo grupo con más de ochenta personas. Desde las páginas de La Crónica se decía: “En el día de ayer  fue colocado un artefacto explosivo que causó daños considerables... nuestras felicitaciones a los patriotas cubanos.”

  El 28 de abril de 1979 en horas de la tarde, Carlos se dirigía a la casa de su madre cuando otro auto lo impactó por detrás. El auto agresor posteriormente se coloca en el lado derecho del que conducía Carlos. Desde el auto el asesino dispara varias veces contra él. Uno de los disparos le penetró en la cervical. Perdió el control del auto, lo que le provocó que se volcara. Uno de los asesinos, no conforme con el resultado, bajó de su auto y a quemarropa, le dio un tiro de gracia a Carlos.

  La amenaza había sido cumplida. El Comando Zero se atribuía el asesinato en una llamada telefónica a una estación de radio en la ciudad de Miami a las 2:00 p.m. del 30 de abril. Esa misma madrugada había fallecido Carlos. Al día siguiente, el 1ro de mayo de 1979,  fue sepultado. Esa noche, en la Marcha de los Trabajadores en Puerto Rico, los puños se alzaron en protesta por el crimen.

  Su muerte no satisfizo a los asesinos. En junio 18 del 79, apenas a un mes y medio de su muerte, elementos del CORU se reunían en la Florida para planificar mi asesinato (según documentos desclasificados del FBI  NY (File 2-745). Con ese propósito el 26 de julio de 1979, explotó la segunda bomba en la Agencia Viajes Varadero.

 

La impunidad

  Luego del asesinato de Carlos y durante un período de casi dos años hicimos múltiples llamados a la opinión pública y a las autoridades federales y locales sobre la necesidad imperiosa de detener esta ola terrorista. En el caso de Puerto Rico teníamos el agravante de que las divisiones que componen la policía y la división de Inteligencia habían sido creadas por el FBI con el principal propósito de perseguir y fichar a todo aquel que fuera meramente  simpatizante de la independencia de Puerto Rico. Tuvimos desde 1976 hasta 1984 un gobierno anexionista que permitió y defendió los llamados asesinatos del Cerro Maravilla, en julio del 1978. Dos jóvenes fueron llevados por un agente encubierto a volar unas torres de transmisión, y luego de ser arrestados fueron asesinados a sangre fría porque “había que dar un escarmiento”, y una División de Homicidios cuyos jefes formaban una fraternidad secreta mafiosa con joyeros y comerciantes cubanos, quienes a la vez formaban parte de una oscura estructura que se llamó los Amigos de la Democracia.

Los responsables

  Fue realmente a partir del arresto del ex coronel de la División de Homicidios de la policía de Puerto Rico, Alejo Maldonado, como consecuencia del secuestro del hijo del joyero cubano Mario Consuegra en septiembre de 1982, cuando empezamos a obtener evidencia sobre los posibles participantes en el asesinato de Carlos.

  La primera sospecha surgió cuando Julio Labatud Escarra, comerciante cubano miembro de la directiva del semanario La Crónica, aportó $215 mil de los $250 mil de fianza impuestos al coronel Maldonado.

  En marzo de 1984 los periodistas Tato Ramos, del periódico El Mundo y Tomás Stella, del periódico San Juan Star, entrevistaron a los oficiales policíacos Julio César Andrades, jefe de la Unidad de Arrestos Especiales, y Ernesto Gil  Arzola, oficial de Homicidios, ambos miembros de la banda de Maldonado. En esas entrevistas, publicadas bajo la utilización de fuentes anónimas se habla de la participación del coronel Alejo Maldonado y los llamados Amigos de la Democracia en el asesinato de Carlos Muñiz. En esa ocasión mencionan el nombre de Julio Labatud como persona implicada en los hechos.

  A raíz de esa información solicitamos inmediatamente una entrevista con el FBI. Nos interesaba hacerles saber que nosotros conocíamos que ya ellos tenían información relevante sobre el caso de Carlos. De antemano conocíamos que agentes de ese negociado interrogaron a testigos relacionados con los hechos e incluso levantaron evidencias del caso, así como que habían elaborado un boceto a partir de información ofrecida por un testigo ocular. Nos entrevistamos con el agente Steve Brown. Le hicimos saber también que apenas faltaban unas semanas para que su jurisdicción en el caso prescribiera. Recordamos que si ellos no intervenían en ese momento, nada se haría sobre el asunto. Así fue. Nada hicieron y hasta hoy nada han hecho.

  En las elecciones de 1984 triunfan los autonomistas y nombran de Secretario de Justicia al fiscal Héctor Rivera Cruz, quien había esclarecido los asesinatos del Cerro Maravilla en 1978, hecho que le había costado las elecciones a los anexionistas. En agosto de 1985 la entonces fiscal Crisanta Rodríguez, preparó lo que podría ser el primer informe evaluativo sobre el asesinato de Carlos. Ya  habían pasado seis años del asesinato. El informe apuntaba a una negligencia crasa por parte de la policía en cuanto a la investigación que fue realizada. Era una forma fina de decir que hubo un sistemático plan de encubrimiento para intentar con el tiempo borrar cualquier posibilidad de esclarecimiento

Entre 1986 y 1987 se iniciaron los juicios en el Tribunal Federal contra agentes de la policía miembros de la banda del ex coronel Maldonado. Una veintena de altos oficiales fueron procesados, obligados a renunciar o convertidos en testigos del pueblo. Durante  el proceso salieron a relucir informaciones que vinculaban al principal sospechoso del asesinato de Carlos, Julio Labatud, con innumerables actividades delictivas de la banda. Tampoco en esta ocasión el FBI tomó acción alguna dirigida a acusar a este personaje de los delitos cometidos.

  El 19 de febrero de 1986 un ex agente de Homicidios, Luis Ramos Gratoreles, el mismo que se  presentara  en el hospital unas horas después del atentado a Carlos, para buscar el auto de éste, debido a que la policía había deshecho la escena del crimen, negocia un acuerdo de colaboración con el Departamento de  Justicia para colaborar en el esclarecimiento de varios delitos. Entre esos incluye el asesinato de Carlos. Tampoco en esta ocasión se hizo algo afirmativo.

  En el año 1987 el periodista José Estévez y el analista político Juan Manuel García Passalaqua entrevistan por separado al ex coronel  Alejo Maldonado en la cárcel de Butner, Carolina del Norte. En ambas entrevistas, Maldonado confesó haber recibido una oferta de $25 mil para asesinar a Carlos por el comerciante Julio Labatud. Incluso Maldonado declara que Labatud comentó después de los hechos que los asesinos se encontraban seguros. Esta información  confirma la ofrecida en 1984 a los periodistas Tomas Stella y Tato Ramos por los policías Ernesto Gil Arzoal y Julio César Andrades. Una vez más nada ocurrió luego de estas declaraciones.

  Después del desmantelamiento de la División de Inteligencia se inició el denominado proceso de entrega de “las carpetas”, que eran los expedientes que sobre ciudadanos puertorriqueños archivaron durante años los servicios de inteligencia. El Centro para la Disposición de Documentos nos informó que en el año 1993 existía una carpeta de Carlos Muñiz con el No. 7 916, pero que todo parecía indicar que había sido destruida. Buscando documentos de Carlos a través de otras carpetas, descubrimos para nuestro asombro que cuatro días antes de su asesinato, la División de Inteligencia había iniciado una investigación de “chequeo” sobre Carlos, terminando el informe con el dato de que había sido sepultado el 1ro. de mayo. Este ángulo nunca se ha investigado.

  En los años de 1991 y 1992 la Comisión de lo Jurídico del Senado entrevistó al ex policía Ernesto Gil Arzola y Juan “Payo” Fuentes Santiago, dueño de una funeraria. Ambos eran miembros de la banda de  Maldonado. Fuentes Santiago aportó nueva evidencia al señalar que él había vigilado los movimientos de Carlos y había quemado uno de los vehículos utilizados en el asesinato. Gil Arzola, por otro lado, ofreció los nombres  del comerciante cubano y dueño del restaurante Metropol,  José M. Canosa Rodríguez (ex miembro del BRAC y de la Brigada 2506), y el comerciante de lámparas Waldo Pimentel Amestoy como participantes en el financiamiento del asesinato de Carlos. Ambos fueron identificados como miembros, junto a Julio Labatud Escarra, de la mencionada estructura paramilitar Amigos de la Democracia.

  Estas últimas declaraciones hechas bajo juramento, y luego de pasar la prueba del polígrafo, permanecieron durante los últimos diez años archivada en una oficina del Senado, tal vez esperando que los ratones se las comieran. Nada ha ocurrido por estos hechos.

A 25 años del

crimen no nos rendimos y exigimos justicia

  Este año se cumple el 25 aniversario del asesinato de nuestro compañero Carlos Muñiz Varela. Muchos han sido los hombres y mujeres que a lo largo de los años han puesto su granito de arena para poder recopilar todo este material y mantenido vivas las demandas de justicia en este asesinato. Hoy podemos decir que gran parte de los conspiradores, actores y encubridores han sido identificados, y que al menos tenemos evidencia circunstancial suficiente como para presentar un buen caso a nivel de opinión pública. Falta el empujón final, y eso se logrará cuando se cree un estado de opinión que obligue a las autoridades de Puerto Rico a actuar decididamente. Esto puede suceder cuando el FBI, tal vez en un acto de rectificación de sus errores, decida colaborar con las autoridades puertorriqueñas y les proporcione toda la información que tienen y puedan conseguir.

  Por lo pronto, y en ocasión de este 25 aniversario, hemos publicado tres tomos de documentos que recogen muchos de los esfuerzos hechos a lo largo de estos  años. Es como decíamos en la introducción de los libros: “Pensé que habría que hacer algo impactante, algo que sirviera de memoria histórica, de denuncia a estos 25 años de indiferencia e indolencia por parte de las autoridades norteamericanas y puertorriqueñas ante este vil asesinato."

  A Carlos, al igual que a Eulalio Negrín y Félix García lo asesinaron para impedir que el proceso de acercamiento entre las comunidades cubanas en el exterior y  su pueblo fracasara. Hoy, a 25 años, podemos decir que su muerte no fue en vano. Hoy más que nunca se estrechan y normalizan las relaciones entre la emigración cubana y su pueblo.



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