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De: Ruben1919  (Mensagem original) Enviado: 05/06/2017 08:56

La Ciudad Padece Fiebre…

Los lectores habituales, u ocasionales, de este espacio han tenido recientes oportunidades de asomarse, desde las vetustas páginas de Bohemia, a La Habana de hace casi un siglo, a los mundillos pobladores de sus aceras más famosas entonces; al inicio de la pavimentación de sus calles… Ahora vuelve a ser noticia el ambiente recreado en la edición de la Centenaria correspondiente al 29 de junio de 1930, podrán disfrutar, de otra maravillosa experiencia: la de cuando aquellas calles -las mismas de ahora mucho más viejitas- se repletaron de los más diversos tipos de vehículos. Los impulsados por las encallecidas manos que siempre empujaron carretillas, o por los propios pies del ciclista, o arrastrados sobre sus engrasadas ruedas por las nobles bestias, o propulsados por modernos motores de combustión interna, o movilizados por el milafro de la electricidad… En fin, toda clase de equipos andantes y rodantes, con cargas de mercancías o personas, como transportes individuales o colectivos, moviéndose en cualquier dirección, lentamente o a toda prisa, a veces con la impresionante velocidad… que para la época podrían ser unos pocos kilómetros por hora… Una fiebre de tránsito, incurable, que padecemos hasta hoy.


La Ciudad Padece Fiebre…

La Habana ha recibido una clasificación certera y vulgar, hija de su aspecto variado y hasta chocante. Desde el antiguo Paseo del Prado, hoy suntuoso Pase de Martí, que ostenta la genial concepción de Forestier, hasta el mar, se denomina “La Habana Vieja”. Desde allí hasta perderse en la fastuosidad de sus diversos repartos y barrios modernos, se llama “La Habana Nueva”. Y en esta clasificación el público no ha tomado para nada en cuenta el elemento cronológico de la vida de la urbe gigante. Ni siquiera se ha considerado el factor histórico. Simplemente ha sido el aspecto físico, la conformación de la ciudad, la que lo ha determinado. Es que en realidad, dentro de la capital existen dos ciudades distintas: aquella que va hasta los muelles con sus mil calles y callejuelas, estrechas y retorcidas como barras de hierro, con sus construcciones antiguas y mal dispuestas, hay orgia de aire y luz y construcciones en que se plasma el ultimo capricho arquitectónico. En la nueva ciudad reside el capitalismo, la burguesía y aun la burocracia. En la ciudad antigua reside el  comercio; allí están, como la boca gigantesca de un monstruo, los muelles que engullen millones y millones de toneladas de mercancía; allí están, en fin, las industrias de más antiguo establecimiento. La vida de la fastuosa ciudad nueva, necesita, para sostenerse, de los suministros de la vieja ciudad. Y ese perpetuo intercambio de una y otra ciudad, esa perenne necesidad que tiene lo nuevo de lo antiguo, hace que exista, como problema insoluble hasta hoy, el de la congestión del tránsito. El de la expansión  de las estrechas vías de comunicación que existen entre el puerto y la ciudad.

Hace mucho tiempo que se viene pensando en utilizar medios que eviten esta deficiencia de La Habana, deficiencia tanto más sensible cuanto que es causa de la perpetua congestión, de la continua paralización del tránsito, en forma tal que ya es perfectamente conocido el disgustado gesto de los conductores de vehículos y aun de los que por motivos de negocios tienen necesidad de transitar en horas del día y es que especialmente de la mañana, por aquellos rincones citadinos en que subsisten, indeleblemente grabados en piedras y ladrillos ennegrecidos por el tiempo, girones de la historia de la ciudad colonial. Muchos proyectos se habían hecho, cuando la Secretaria de Obras Publicas hizo venir al famoso galo Forestier para refundir todos los planes y proyectos de ensanches en uno solo, consistente en hacer desaparecer calles estrechas y manzanas de construcción para dar origen a anchurosas avenidas que permitieron la rápida circulación por aquella parte de la ciudad. Pero mientras la idea de Forestier toma forma, subsiste el inquietante problema de la circulación, agravado por la multiplicidad de vehículos q a diario ruedan su a veces ridícula anatomía por las calles estrechas de la urbe antigua.

Tal parece como si las calles de La Habana fueran una multitud de finísimo capilares en que se mueven, a manera de microbios, los distintos factores de la circulación.

Entre todos esos hay uno que pudiera ser un organismo gigante, que cuando rueda hace retemblar el pavimento, que es de andar lento, pesado, amenazador. Se llama Mack de cinco toneladas. ¿Ves aquel que marcha a velocidades inauditas, que vertiginoso pasa de una a otra calle haciendo que todos embargados de terror se detengan a su paso? Tened mucho cuidado; ese es como el germen del paludismo, es endémico en la vistosa ciudad tropical; todos los elementos profilácticos hasta ahora ensayados contra el han fracasado. En un ómnibus de los que hoy existen miradas.

Y aquel que va engullendo detritus mal olientes, materias en descomposición? Ese es un elemento de defensa de la ciudad, viene a hacer las mismas funciones que un glóbulo blanco de sangre. Es un carro de Obras Públicas, destinado a la recolección de desperdicios y basuras. 

¿Y aquellos otros de dos ruedas, uno de los cuales da disparos intermitentes y circula con velocidad de rayo? Esos son elementos peligrosos para la integridad física de los peatones, son mensajero, con bicicleta el uno y con motocicleta el otro. A lo largo de la ruta Central, los guajiros le han dado al último el simpático e irónico calificativo de “caballito del diablo”

¿Y aquellos otros tan abundantes que tan buen auxilio prestan a los transeúntes? Son elementos valiosos que simplifican el complicado problema del trasporte llevándolos desde Belascoain al Muelle de Luz por twenty cents casb que no siempre les son satisfechos. Corrientemente se les da una denominación poco elegante, que no puede negar, sin embargo, la utilidad de estos vehículos debidos al genio constructivo, al estudio continuo y al esfuerzo consiente de ese gran celebro, de ese ejemplar carácter que en el mundo de la industria se llama Henry Ford.

Hay otros elementos, sumamente útiles a la circunstancia, que llevan algo así como un flegelo dirigido al espacio. Son los tranvías que hace tiempos sufren una crisis debido al aumento de los ómnibus.

¿ Y aquel otro de color azul intenso que parece surgir como un levantamiento del bituminoso asalto de la calle? Ese no es un germen, amigo, ese es un elemento indispensable al fenómeno de la circulación. En las venas existen válvulas que regulan la marcha de la sangre y en las calles de mucho tránsito precisan estos elementos reguladores que se llaman agentes de policía.

Y entre tantos elementos de probada utilidad, existen a manera de microbios, de perniciosas bacterias, los carretones de tracción animal, los coches destartalados y de hambrientos jamelgos, restos de aquella Habana colonial, que sentía el orgullo de sus estrechas callejas.

Y junto a estos, como un mentis a la civilización actual, como una necesidad comercial estranguladora de toda otra necesidad, como una razón de vida superior a toda otra razón, la variedad inmensa de carros de tracción manual: carro de pan, de frutas, de ropas aun, en estos días de verano, el característico carro de mangos cuya presencia se anuncia a distancia por el grito desagradable y sin ritmo de “Manguito, mangüe… de Torrecillaaa…”

Existen, además, calles preferidas por la circulación a pie, calles ya popularizadas por esta característica, calles de subida y bajada para peatones, como existen para los vehículos. Tales son Obispo y O´Reilly, Neptuno y San Rafael. Y ello tiene su explicación; estas calles son cuna de todas las pasiones, fiel contraste de todas las virtudes, finalidad de todos los afanes, génesis de todas las amarguras, joyeles de todos los tesoros. Finas y brillantes pedrerías, coloreadas y vistosas telas, trajes tentadores, esplendidas mujeres, todo lo que fascina, lo que atrae, lo que seduce, se encuentra en las cristalinas arcas de las vidrieras de estas calles y atreves de sus cauces poblados y sugerentes. Y allí, frente a lo tentador, a lo alucinante, se desarrollan los grandes amores, los odios tremebundos, las tragedias que conmueven. Allí se quiebran virtudes mantenidas por largo años, allí se entierran cuantiosas fortunas: allí palpita, a través la Moda, el Lujo y el Confort, la última conquista de la civilización, que es al cabo el último elemento del humano dolor. De entre los pliegues de las sedas brillantes que se exhiben en esas calles, del iris de sus fantásticas pedrerías salen las legiones de los vencidos, e insensible a ellos, otras legiones les suceden y les sucederán, porque la atracción de las grandes ruas, su encanto, su luminosidad, está muy por encima de toda ponderación, de todo dolor, de toda experiencia…

¡Las grandes ruas citadinas son como focos potentes de luz, quemante pero atrayentes!

Y todos eso cuerpos que viven, que circulan, que se agrandan y se achican, que se apartan y se chocan, mantiene a La Habana, febril y acalorada. Ellos son la vida y la muerte, la civilización y el progreso. Solo la alarmante y prolongada crisis económica que padecemos, podrá, desgraciadamente un día, matar esta fiebre que es la vida de la gran ciudad. Pero La Habana, la eterna coqueta del Golfo, la bullanguera ciudad tropical, es como esas chicas risueñas y cascabeleras, juguetona y despreocupada. Ella seguirá mostrándose con la incesante algarabía, con la a veces infernal balumba delos ruidos de mil ruedas y pregones, ajena a todo, indiferente a todo.

Que el tiempo este bueno a malo, que los negocios marchen bien o mal, que en nosotros haya tristeza o alegría, que la situación política sea obscura o trasparente, siempre La Habana seguirá el curso de su vida, padeciendo la fiebre intensa de su gran circulación.

L.G. del C



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De: Ruben1919 Enviado: 05/06/2017 09:01

La actualidad que se fué

Hace 24 años que…

Lo que si no sabe este repórter, ni lo sabrá nunca nadie, es el nombre del peón que traslada adoquines, el del

La sabrosa anécdota que aquí ofrecemos a nuestros lectores fue publicada en Bohemia en su edición del 22 de junio de 1930 y bajo la prestigiosa firma de José A. Fernández de Castro, recrea el paisaje humano de la calle O Relly, la primera que se pavimentó en la ciudad, en 1905.

Al final incluimos datos sobre el autor, cuyo nombre ostenta el Premio de Periodismo Cultural “José Antonio Fernández de Castro”, que concede el Ministerio de Cultura de la República de Cuba a aquellos profesionales de la comunicación con una relevante trayectoria dedicada a la promoción cultural; el correspondiente a 2016 le fue conferido a Joaquín Borges-Triana.


Hace 24 años que…

Hace 24 años que se inició la primera pavimentación moderna en la ciudad de la Habana. La calle para ello escogida fué la de O Reílly. Cualquier vecino de esta ciudad, mayor de 35 años, puede reconocer la fotografía. Es exactamente la de la cuadra de esa calle entre liaban:’ y Compostela. Todavía existe la casa que se ve en primer término a la izquierda del grabado. Lo que ya no existe es el medio de locomoción visible en la foto. La guagua de tracción animal. Aquellas guaguas de nuestros padres y de nuestros hermanos mayores, con sus mulitas y sus “guagüeros”-. Esta palabra que, originalmente designaba al individuo que las conducía, pero que no pagaba su pasaje, se extendió luego—¿cuánto tiempo hace de ello?—para designar a los que viajaban de gratis.

¡Guagüero! ¡Qué palabra de más genuino sabor criollo! A ninguno de los lectores se le escapa su significado. ¡Cuántos de ellos aspiran a vivir de guagua! ¡a leer de guagua!

Los que aparecen en la foto, apenas perceptibles, no son tan “guagüeros” como aspira a serlo el lector. Trabajaban muy duro. Tenían que guiar sus vehículos durante todo el día. Cuidar de sus caballos. Posiblemente tendrían, como los choferes de hoy luchas constantes con la policía. Ganarían míseros jornales.

i”Guagüeros”! Y es seguro que trabajaban tanto como el peón que en el primer término del cuadro que reproducimos se afana por trasladar los enormes adoquines!

Por la acera de la izquierda, muy decidido, marcha un hombre con un gran bulto a la espalda. Posiblemente es un dependiente de algún taller de lavado y va de recogida de alguna ropa sucia.

El tamaño del bulto no parece amilanarlo. El sabe que esa es su tarea y la cumplirá con la misma decisión con que el “guagüero” conduce su guagua, can idéntico empeño que el peón traslada los adoquines. Como que sabe que si no lleva el bulto hasta el tren, lo botarán y al día siguiente no tendrá que comer!

La época: Era en el año de 1905. Aun gobernaba el primer presidente de la República de Cuba, don Tomas Estrada Palma, el austero patriarca. En esa buena época, el presupuesto de la República era sólo de 16 a 20 millones de pesos. El Secretario de Obras Públicas era el general del Ejército Libertador, don Rafael Montalvo. Lo que si no sabe este repórter, ni lo sabrá nunca nadie, es el nombre del peón que traslada adoquines, el del “guagüero” que conduce su vehículo, ni el del dependiente, que carga pacientemente el bulto de ropa sucia. ¡Si se reconocieran! En esta redacción hay un individuo que está ansioso y dispuesto a cualquier sacrificio económico por hablar con cualquiera de ellos… ¡Qué interesantes recuerdos los de un trabajador de hace veinticuatro años!

José A. Fernández de Castro


Fotocopias: Yasset Llerena alfonso – Transcripción: Claudia Lugo Miranda


N. del E: Se ha respetado la ortografía y estilo originales.


 

José A. Fernández de Castro.

(Foto: En Caribe)

José Antonio Fernández de Castro (1897–1951). Investigador, ensayista, crítico y periodista cubano.

Nació el 18 de enero en La Habana, donde cursó la primaria y el bachillerato. Entre 1912 y 1913 estudió inglés en escuelas públicas de Nueva York. Se graduó de Doctor en Derecho Civil en la Universidad de La Habana en 1917,  comenzó a ejercer en el bufete de M. Viondi, el amigo de José Martí, y asistió a las tertulias de Domingo Figarola-Caneda.

Sus acuciosas investigaciones en archivos y bibliotecas fructificaron inicialmente en Medio siglo de historia colonial (1923), una compilación ordenada y anotada de 239 cartas recibidas por José Antonio Saco entre 1823 y 1879, con prólogo de Enrique José Varona. Colaboró con la revista Social (incluida su traducción de poemas de Langston Hughes, en 1928). Fue asiduo concurrente a las tertulias del Café Martí. Participó en la Protesta de los Trece (1923), e integró el Grupo Minorista (1923-1928). Se sumó al Movimiento de Veteranos y Patriotas (1924), fue encarcelado y viajó de nuevo a los Estados Unidos. En Ocala, La Florida, preparó, junto con Raúl Martínez Villena y Calixto García Vélez, el bombardeo al Palacio Presidencial de Cuba. Fue detenido por la policía federal norteamericana.

En 1926, de nuevo en Cuba, entró a la redacción del Diario de la Marina y fue director de su Suplemento Literario Dominical. Se convirtió en notorio animador de la vanguardia artística y literaria. Con Félix Lizaso, publicó La poesía moderna en Cuba (Madrid, 1926), una selección de textos representativos en la trayectoria del género entre 1882 y 1925, que legitimaba el quehacer de “Los nuevos”. Fue nombrado instructor en la recién creada cátedra de Historia de Cuba, en la Universidad de La Habana, bajo la dirección de Ramiro Guerra (1928). Condujo la edición de los dos tomos de Escritos de Domingo del Monte (1929), con introducción y anotaciones suyas, para la Colección de Libros Cubanos, fundada por Fernando Ortiz. Fue encarcelado varias veces durante la tiranía de Gerardo Machado.

Entre 1931 y 1933, fue redactor jefe de la revista Orbe, editada por El Diario de la Marina. En Barraca de feria (1933), libro muy encomiado por críticos cubanos y extranjeros, compiló sus artículos críticos, reseñas variadas y monografías, aparecidos originalmente en revistas y periódicos.

Se desempeñó como diplomático en México (1934, 1938-1944 y 1948-1951), Port-au-Prince (1936), Lisboa (1937) y Moscú (1944). Tradujo del inglés Biografía del Estado Moderno, de E. R. Crossman (1940) y Los Derechos del Hombre, de Thomas Paine (1943), publicados por el Fondo de Cultura Económica de México. Realizó el prólogo y la selección de Varona (México, 1943). Viajó por Alaska, Persia, Egipto y Marruecos.

Su correspondencia con intelectuales coetáneos aporta una información sustancial sobre el proceso cultural cubano. El Instituto de Literatura y Lingüística guarda una colección de cartas inéditas. En su Esquema histórico de las letras en Cuba (1548-1902) –publicado en 1949— condensó la evolución de un proceso, con el aporte de nuevos datos e interpretaciones personales. Fue miembro de la Academia de la Historia de Cuba y la Academia Nacional de Historia y Geografía de México. Fue redactor de El PaísLa Mañana y La Luz; colaboró en América LibreArchivo José MartíBaraguáBohemiaCartelesCuadernos de HistoriaCuba ContemporáneaExcélsiorGrafosHumanismoInformaciónNosotrosRevista Bimestre CubanaRevista de la Biblioteca NacionalRomanceSelectaUniversidad de La HabanaMensuario de Arte, Literatura y CríticaEl Mercurio (Santiago de Chile), El Nacional (Caracas y México), La Crónica de LimaLa Voz de México y suplementos culturales de México. Utilizó los seudónimos Half-deckJosé M. FernándezJuan del Puebloi.p., Juan MambíPedro de ToledoDomingo de P. Toledo y J., JafdecJuan Julio e Iván Parson.

Murió el 31 de julio de 1951.

Bibliografía activa

José Antonio Saco y sus amigos durante la Revolución de Yara, Ensayo histórico, Imp. El Siglo XX, La Habana, 1923.

Nada más que 1 hombre, Imp. El Siglo XX, La Habana, 1927.

Ensayos sobre un poeta suicida (Maiakovski, su vida y su obra), Eds. de la Revista de la Habana, La Habana, 1930.

Barraca de feria (18 ensayos y 1 estreno), Editor J. Montero, La Habana, 1933.

Proyección de las ideas de Fígaro: Larra en Rizal. Imp. Rambla, Bouza, La Habana, 1937.

Un impugnador cubano de Ernesto Renan. Henri Didier, su vida, sus obras y su testamento, Secretaría de Educación, Dirección de Cultura, La Habana, 1938.

Domingo del Monte, editor y corrector de las poesías de Heredia, Separata de la Revista Cubana, [La Habana, 1938?].

México en la obra de Marx y Engels, por Domingo de P. Toledo y J. (seud.), Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1939.

Proyección de las ideas de Fígaro. Larra en el pensamiento político argentino, Fondo de Cultura Económica, [México, D. F.], 1940.

Ensayos cubanos de historia y de crítica. Con una carta de Fernando Ortiz, Jesús Montero, editor, La Habana, 1943 (Biblioteca de historia, filosofía y sociología, 13).

(Fuente: En Caribe)



 
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