Deolinda Carrizo (Santiago del Estero, Argentina, 1979) tampoco se le quiebra la voz al compartir el coste de sus sueños: en 2003 le quemaron la casa, en 2006 detuvieron a seis familiares acusados de “tenencia de armas de guerra” y en los últimos años ha enterrado a dos compañeros, Cristian Ferreira en 2011 y a Miguel Galván en 2012. “El delito: querer vivir de cultivar la misma tierra en la que nacieron y la misma que desean adquirir los grandes latifundistas del norte del país, en la zona del gran Chaco semiárido”.
Contra el acaparamiento de tierras en Argentina
Su bisabuelo tuvo la primera demanda por no querer vender sus tierras, un año antes de que ella naciera. Y desde entonces, han visto reducidas las tierras libres hasta las 1.200 hectáreas que mantienen de forma colectiva 13 familias de su misma etnia entre amenazas, asesinatos y periodos en paz.
Carrizo también ha acudido a Derio como lideresa al ocupar la secretaria continental de la Coordinadora Latinoamericana de Trabajadores del Campo (CLOC) presente en 21 países. Y durante los días que esté fuera de su tierra serán otros familiares los que cuiden sus 25 cabras, dos cerdos, seis vacas y las pocas gallinas que le quedan tras un ataque de un zorro días antes de embarcar.
Su sueño ya va más allá de ampliar la producción. Ella vela por los 20 focos de conflicto en la zona y es también la responsable de comunicación de la coordinadora. En 2003, el mismo año que el terrateniente mandó quemar su casa, consiguió que se documentara su lucha por parte de la organización internacional FIAN con presencia en Ginebra ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. “El coste fue que tomaran de nuevo nuestras sedes, nos llevaran las computadoras y clausuraran nuestra radio. Todo para que nos marchemos”. De nuevo, no hay rastro de miedo en sus palabras. Sorprende la serenidad con la que explica su situación y la seguridad con la que continúa su lucha: “Seguiremos hasta conseguir vivir en paz en nuestros campos”.
Y son ahora familias de todo el continente las que le buscan a Carrizo para ganar esa seguridad. “La Vía Campesina me ha conectado con familias de toda la región, de todo el continente e incluso de todo el mundo”, señala a la vez que saluda a un agricultor vasco que durante el año pasado visitó Argentina para conocer el día a día de los campesinos. “Una pena que en Europa cada vez sea más difícil acceder también a la tierra”.
Contra los contratos abusivos de la industria en Brasil
Iridiani Graciele Seibert (Santa Catalina, Brasil, 1988) no conoce todavía la realidad de Europa pero domina la de Brasil. Desde pequeña arrimó el hombro en su casa para cultivar yuca, maíz, frijoles, fruta y tabaco hasta que abandonó el campo para estudiar en Venezuela con la Universidad del Campo de La Vía Campesina. Seis años que le convertirían después en un referente dentro del Movimiento de Mujeres Campesinas de su país. Ahora trabaja desde Brasilia en la sede de su organización y sigue los trabajos del campo de su madre y un sobrino a detalle.
Sin embargo, su voz se rompe y su mirada se apaga cuando repasa su experiencia personal. “Mi lucha no es por el acceso a la tierra sino por el mantenimiento de una vida segura y saludable para los campesinos de mi país”. Durante sus años en la universidad, su padre se quitó la vida. “La industria del tabaco genera contratos abusivos para los campesinos que producen la materia prima. Muchos no lo aguantan y caen en duras depresiones con finales fatales”.
Para generar alternativas trabaja ahora a contrarreloj. “El trabajo en el campo es tan perverso como el de los esclavos. Hay que conseguir un cambio”. Estos días en Derio, Seibert no ha parado tanto en la comisión de jóvenes, como en la de mujeres. Sabe que la soberanía alimentaria no le devolverá a su padre pero sí que puede aliviar la carga de muchas familias que desean vivir del campo.