Familia | 4162 lecturas
Cuando veo esas plantas llamadas dientes de león, yo veo hierba dañina
invadiendo mi patio. . .
Mis hijos, ven flores para regalarme y soplan la
pelusa blanca pensando en un deseo.
Cuando un mendigo me sonríe, veo a una persona sucia que probablemente quiere
que le dé algo de
dinero y eso me incomoda. . .
Mis hijos ven a alguien
que les sonríe y ellos responden con otra sonrisa.
Cuando oigo música, me siento y escucho porque no sé cantar y no tengo ritmo.
. .
Mis hijos cantan, bailan y si no saben la letra, se la inventan.
Cuando siento un fuerte viento en mi rostro despeinándome y empujándome hacia
atrás, lo resisto con todas mis fuerzas. . .
Mis hijos cierran sus ojos,
abren sus brazos y se dejan arrastrar por él, hasta que caen al suelo vencidos
por la risa.
Cuando yo oro, digo tú y nosotros. Concédeme esto y dame aquello. . .
Mis
hijos dicen, ¡Hola Dios!, te doy las gracias por mis juguetes y mis amigos.
Ayúdame a no tener malos sueños ni pesadillas esta noche y cuídame, todavía no
quiero ir al cielo.
Cuando veo un charco de lodo rápidamente me alejo de él, porque ya me imagino
zapatos llenos de lodo y alfombras y suelos sucios. . .
Mis hijos se sientan
en él. Ven diques para construir, ríos para cruzar y toda clase de animales para
jugar.
Yo me pregunto, ¿los hijos nos fueron dados para enseñarles o para aprender
de ellos?
“Es necesario que aprendamos a apreciar las pequeñas cosas de la
vida. Por eso te deseo que tu vida esté llena de dientes de león, fuertes
vientos y. . . grandes charcos de lodo”