22/6/2012
Elogio de la
clase media
La recuperación de valores perdidos
Por Marcos
Aguinis | LA NACION
Viernes 22 de junio de 2012 | Publicado en edición
impresa.
Prejuicios fósiles mantienen el desprecio por la clase media. Se
la menciona con cierto pudor, porque no tiene límites claros y se la vincula con
los rasgos mezquinos, crueles e insensibles de la burguesía y pequeña burguesía
bien descriptos en poderosos textos de la literatura universal. Sin embargo, la
realidad no es tan esquemática ni rígida. Ahora sabemos que la clase media no se
reduce a sus defectos, porque defectos tienen todos los niveles. Ya es hora de
enaltecer sus virtudes, especialmente las de la clase media argentina, que llegó
a ser la más importante y fértil de toda América latina. Nuestro país la
desarrolló de forma excepcional. No hay otro donde haya alcanzado tanto
desarrollo y gravitación en brevísimo tiempo, sobre un territorio distante y
bastante desertificado.
Con la Organización Nacional iniciada en 1853 empezó una
corriente inmigratoria que aumentó su caudal hasta convertirse en un
impresionante río, que llegó a prender la alarma de quienes suponían que estaban
en riego los pilares de la identidad nacional. No estuvo en riesgo la identidad
nacional, sino el atraso asociado a reaccionarias tradiciones coloniales. En
pocas décadas la mayoría de los inmigrantes que llegaban con una mano adelante y
otra atrás aprendieron el idioma, asimilaron costumbres y se integraron de forma
intensa y definitiva. Fueron los principales protagonistas del fenómeno que
engrosaba esta brumosa nueva clase, que hasta entonces había sido muy delgada.
Los recién llegados no traían dinero, sino agobio por el hambre y las
persecuciones. Querían aplicarse al trabajo para mejorar su vida. Llegaban a un
país donde había comenzado a funcionar una Constitución inclusiva que generaba
esperanza. Aumentó y mejoró la demografía del campo y de las ciudades. Como
resultado de la buena dirección que había tomado el país, se produjeron
novedades que hicieron crujir las viejas estructuras. La Argentina crecía al
galope y se iba convirtiendo en un caso que provocaba la curiosidad del mundo.
De una generación a otra, la clase media no sólo acrecentaba su
volumen, sino su protagonismo. Tanto en el campo como en las ciudades empezó a
consolidar valores que operaron como semillas. Esos valores dieron sustento a
tres culturas: la cultura del trabajo, la cultura del esfuerzo y la cultura de
la honestidad. Había consenso en que nada llegaba gratis. Ningún derecho se
obtenía sin la correlativa obligación. Era posible prosperar, pero sólo mediante
la actividad intensa y correcta. La deshonestidad era tan mal vista que una
familia dejaba de asomarse a la vereda si alguno de sus miembros cometía un
delito.
No se estableció un paraíso bíblico, porque abundaron las
excepciones. Pero predominaban las tres culturas mencionadas. En el optimista
clima que reinaba dentro y fuera del hogar flotaba el anhelo del progreso. Una
'sana' ambición, como se dice ahora, porque la ambición a secas ha comenzado a
sonar como una disonancia. Era común la ambición de tener una vida digna,
constituir familias sólidas, educar a los hijos, gozar de la cultura, ascender.
No se aspiraba a fortunas enormes, sino a las que permitiesen lograr los
objetivos irrefutables (maravillosos) de la vida digna, la familia sólida, la
buena educación de los hijos y un razonable progreso. Los menciono con
insistencia, porque son los caminos que deberíamos recuperar.
Por desgracia, esas tres culturas empezaron a ser derruidas en
la primera mitad del siglo XX. La cultura del trabajo fue reemplazada por la de
la mendicidad, la cultura del esfuerzo por la del facilismo y la cultura de la
honestidad por la de la corrupción. Lo revela con una elocuencia insuperable el
tango 'Cambalache', compuesto en 1935, hace casi ochenta años. Tiene una
estremecedora vigencia. Todavía resuena la burla que entonces se hacía a los
inmigrantes analfabetos que se apuraban por tener un 'hijo dotor'. Pese a las
dificultades de todo orden, los tuvieron, y en gran cantidad. El estudio era un
dato cotidiano, infaltable, obligatorio. Todos los niños debían ir a la escuela
y una gran parte luego pasaban a establecimientos técnicos o colegios
secundarios. Hasta en el servicio militar se debía educar a los conscriptos. Al
mismo tiempo, crecieron las universidades con profesionales, docentes e
investigadores que asombraron al planeta y hasta obtuvieron el premio Nobel. Era
un ejército de gente admirable que, en su inmensa mayoría, por supuesto, se
originaba en la clase media.
En aquella época de predominante clase media se aplaudía el
mérito, se elogiaba la tenacidad. No se concebía consolar al que quedaba abajo
haciendo descender al que llegaba arriba, porque significaba igualar hacia la
fosa y quitar incentivos (nefasta política establecida más adelante). No se le
tenía miedo ni desconfianza a la competencia, porque movilizaba los resortes del
esfuerzo y mejoraba los resultados del conjunto. Era una mirada opuesta a la que
vino después.
Los docentes estaban bien pagados. Eran 'maestros' de verdad, no
simples y aburridos 'trabajadores de la educación'. Se esmeraban por mejorar la
calidad educativa. Recibían un gran respeto por parte de los alumnos y sus
padres (no era concebible que sufrieran las agresiones de los últimos tiempos).
Desempeñaban roles centrales en la vida social. Como parte de esa obsesión por
el estudio brotaron centenares de bibliotecas públicas, pagadas, cuidadas y
ensalzadas por la misma gente. En ese ámbito circulaban los fermentos del empeño
y la decencia que caracterizaban a una clase media que no dejaba de crecer. Se
multiplicaban los escritores, periodistas, dramaturgos y talentos artísticos en
las bellas artes, la música y el teatro. Era una primavera larga, con los
altibajos de la adolescencia que caracteriza a ese período, por supuesto.
En lugar de descalificarla -como hacen ideólogos arcaicos-,
deberían desplegarse los proyectos que contribuyeran a convertir la clase media
argentina en el lugar hacia donde se afanen por integrarse quienes sufren
pobreza y desconsuelo. No es la clase media la que tiene que achicarse, sino la
clase pobre y desposeída, que ya supera la mitad de nuestra población.
Los profesionales no obtienen una retribución equitativa a sus
méritos o empeños. La educación declina. Ni una sola de nuestras universidades
se menciona en el ranking de las cien mejores del mundo. Las certeras bofetadas
del tango 'Cambalache' no son tenidas en cuenta para superarlas. A la inversa,
parecieran haberse convertido en una guía de mucha gente, en especial los versos
que dicen 'el que no roba es un gil' y 'todo es igual'. No todo es igual, aunque
hacia allí impulsa un igualitarismo utópico que descalifica el trabajo, no honra
el esfuerzo, calumnia la competencia y defiende a los corruptos.
Un grueso sector de la clase media está compuesto por las pymes.
No es frecuente escuchar que se las tenga debidamente en cuenta. Son las
proveedoras de muchísimos puestos de trabajo y esa virtud no es objeto de
halagos entusiastas. En ellas se ejercen la imaginación y el músculo. No viven
de la limosna ni de los subsidios. Funcionan en las ciudades grandes y pequeñas,
en el campo y en los lugares más alejados del país. Pero sufren una impiadosa
extorsión impositiva. El dinero que se les quita no se dirige a obras de
infraestructura ni a una mayor eficiencia del Estado, sino para mantener un
Estado elefante, voraz, ciego, irracional y caprichoso, que desperdicia sus
riquezas en burocracia, amigos, ñoquis y punteros.
La clase media parece condenada hoy en día. Durante el
'Rodrigazo' se publicó en el entonces diario La Opinión un artículo cuyo título
se hizo famoso: 'Réquiem para la clase media'. Fue acertado. La clase media
declinó tanto que ya ni es atractiva para los que buscan conseguir votos.
En el sector condenado a la pobreza tampoco todos son iguales.
Existen, sobreviven y luchan millones de seres para mejorar su condición y
darles educación a sus hijos. Muchos no tienen acceso a las necesidades básicas.
Son víctimas de un sistema perverso que proclama defenderlos y en realidad los
aliena y usa. Están atrapados. Hasta los niños deben recurrir a una mendicidad
que retuerce las vísceras, a trabajos en negro, a trabajos temporales, a ser
cartoneros o acróbatas junto a los semáforos, o a rendirse al consuelo letal de
las drogas. Muchos ni saben cuáles fueron las virtudes de una clase media
boyante. No se los ayuda con políticas de Estado coherentes. El nefasto
populismo que nos envenena necesita que haya muchos pobres para sobornarlos y
quitarles el voto. Los publicitados planes sociales no resuelven problemas,
porque sólo anestesian la rabia. No sería lógico negar la importancia de la
anestesia. Pero una anestesia sólo debe aplicarse para curar en serio. Crece una
pobreza marginal que se amontona en los suburbios y padece graves conflictos. Es
una masa de argentinos que no ven el horizonte. Los han convencido de que
'tienen derecho' a los subsidios sin inculcarles al mismo tiempo sus
obligaciones basadas en las tres culturas de la clase media: trabajo, esfuerzo y
honestidad.
En síntesis, es hora de recuperar el orgullo de ser miembro de
la clase media que hizo grande a la Argentina, destacar sus valores, brindarle
el máximo apoyo y conseguir que vuelva a ser la vanguardia de un progreso
sustentable.
© La Nacion
.
,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,
|