La memoria histérica de la revolución
Intolerancia, censura, y prohibición a todas las versiones que se alejen del oficialismo
‘Álbum de la Revolución Cubana’, postales para que los NIÑOS coleccionarán
Distribuidas semanalmente, por la propaganda oficialista en los inicios del régimen castrista
Víctor Manuel Domínguez | La Habana
No existe un solo resquicio de la memoria histórica cubana que la revolución no enlode, manipule o prohíba con el objetivo de imponer su memoria histérica sobre algo que sucedió en el país. Ya sea mediante la literatura o el arte, los medios informativos o la historiografía oficial, los hechos o personas opuestos a la ideología del poder son demonizados hasta la crucifixión social, en imágenes o textos de poco valor ético-moral.
El serial La otra guerra. LCB (Lucha contra Bandidos), realizado por RTVE comercial, es el último acto de manipulación de un hecho real poco conocido en la nación. Como era de esperar de quienes se creen dueños de la memoria histórica cubana y de los encargados de realizar la versión oficial, la moldean a su gusto para confundir a un espectador sin otra opción que le permita discernir cuánto hay de verdad o de mentira en esta historia de horror
Con puesta en pantalla los sábados por Cubavisión y retrasmitida los martes a la misma hora (8:30 p.m.) y similar canal, LCB se constituye en otro intento de tergiversar a su favor hechos históricos donde las autoridades han mostrado su intolerancia y desproporción para reprimir, culpando de todos sus desmanes a quienes se oponen o luchan contra el poder.
Los alzados en la guerra del Escambray (1960-1966) son caricaturizados como personas inescrupulosas, malagradecidas y crueles que sin el más mínimo gesto de humanidad —siempre inducidos desde el exterior para subvertir y derrocar a la revolución—, acribillan a balazos a campesinos y alfabetizadores por el simple hecho de aprender y enseñar a leer.
No existe en el serial un solo alzado que haya sido traicionado en sus ideales, despojado de sus propiedades o víctima de cualquier abuso de la revolución; son malos y deshonestos porque sí, como todos los que no apoyan al poder. Los milicianos no, estos son caritativos, valientes y sensibles que disparan caricias y golpean con besos a sus rivales en una confrontación que dejó cientos de muertos y campesinos desplazados de su zona natal.
Los condenados de Castro
El libro de relatos Los Condenados de Condado (Norberto Fuentes, Colección Premio Casa de Las Américas, Cuba, 1968), por su visión objetiva del comportamiento e imagen, tanto de la milicia revolucionaria como de la guerrilla anticastrista enfrentadas en la Sierra del Escambray, generó muchas polémicas por el enfoque balanceado de los contendientes en el conflicto armado que hoy se presenta bastante manipulado en la televisión nacional.
En el prefacio de una edición del año 2000 de Condenados, Fuentes relata que Fidel Castro, tras terminar de leer el libro, lanzó el ejemplar contra la pared con tanta fuerza que lo dejó desencuadernado. “Mis desgracias, pues, apenas comenzaban. Eso ocurrió en junio de 1968, con el delgado volumen recién publicado, agregó el autor en el referido texto.
“Fidel se había interesado en él porque ya existían comentarios en el ejército respecto a las libertades que me había permitido —mis inalterables faltas de respeto—, y porque la madre del comandante Manuel Fajardo, Pity —que fuera el primer jefe de operaciones del Escambray y que cayera en una emboscada de la propia fuerza y que fuego amigo le cociera a plomazos la espalda—, le pidió, en un trance de histeria y sollozos, que me fusilara”, añadió el autor, quien entre marginaciones y prebendas terminó fuera del país.
Este comportamiento irascible de Fidel ante una versión diferente a la oficial de un suceso en el que su estrategia y poder de decisión al frente del país implicaba su imagen y la del proceso liderado por él, se convirtió en la constante para el tratamiento al autor y a la obra que no fuera fiel al guion escrito desde el poder: ostracismo, cárcel, exilio y prohibición.
La memoria de los otros
En Cuba no existe una obra de arte o literatura con una visión diferente a la oficial que sea difundida en la nación. La memoria histórica cubana sólo puede ser abordada desde la perspectiva de la revolución, en una especie de juego de rol, donde nada ni nadie que cuestione un hecho, o humanice un personaje contrario al poder, tendrá espacio en el país.
Ejemplos sobran en la viña de los señores Castro Ruz. El documental Conducta impropia (1984), de los realizadores cubanos Néstor Almendro y Orlando Jiménez Leal, Premio del Festival de los Derechos del Hombre, Estrasburgo, por presentar una panorámica histórica de la represión contra homosexuales, religiosos y otros que no cumplieran los parámetros de conducta impuestos por la revolución, nunca fue presentado de forma oficial en Cuba.
Según Vincent Canby, en su crítica en The New York Times escrita por esa época, “Conducta Impropia es una crítica inteligente a la revolución cubana. El testimonio es tan brutal como convincente”. Y eso es lo que no admite la historia oficial de la revolución cubana: críticas, cuestionamientos, acusaciones sobra las tropelías que a diario comete.
Igual suerte han corrido en más de medio siglo de control absoluto de los medios de comunicación nacional por parte de la cúpula en el poder: cortos, documentales y filmes que como P.M. (Pasado Meridiano), Nadie escuchaba o Santa y Andrés, por sólo citar algunos que recorren este largo periodo de censuras contra otras versiones de la memoria histórica cubana, han sido prohibidas con el fin de imponer la visión oficial.
Por otra parte, libros de poesía, testimonios y novelas que también recorren distintas épocas de la intolerancia gubernamental desde sus inicios hasta la fecha (Fuera del juego, de Heberto Padilla; Memorias de un soldado cubano, de Dariel Alarcón; El ciervo herido, de Félix Luís Viera), son representativos del largo período de represión sociocultural impuesto en Cuba contra quienes rescatan desde un rol protagónico la historia no contada de la nación cubana
En conclusión, la memoria histérica de la revolución cubana no es más que una mezcla de intolerancia, censura, y prohibición que, convertida en el coctel “manipulaciones”, sirve para que peregrinos políticos, visitantes de ocasión y los típicos contorsionistas de la intelectualidad, brinden sobre los restos de las demás versiones de la realidad nacional.